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¿CÓMO LUCHAR CONTRA LA CRISIS?, (Parte II)
Enviado el viernes, 05 de febrero a las 08:05:41 por editor

SOCIALISMO O BARBARIE,

 COMUNISMO O CAOS

http://www.elpueblosoberano.net/wp-content/uploads//2009/10/obama-imperialista-caricatura.jpg

Cuanto más grave y extensa es una crisis, cuantos más sectores sociales son afectados por ella y cuanto más debilita la legitimidad burguesa y su capacidad de mantener integrada y pasiva a la población alienada, tanta más importancia adquiere la lucha de clases en su unidad de contrarios antagónicos

InSurGente



SEGUNDA RESPUESTA; ¿CÓMO LUCHAR CONTRA LA CRISIS?

 

4. PREPARARSE PARA LAS CRISIS INEVITABLES

 

5. LA ACTUALIDAD DE LA REVOLUCION COMO HORIZONTE PRESENTE

 

6. CONTRAPODER, DOBLE PODER Y PODER POPULAR

 

7. SOCIALISMO O BARBARIE, COMUNISMO O CAOS

 

 

4.- PREPARARSE PARA LAS CRISIS INEVITABLES;

 

 

Cuanto más grave y extensa es una crisis, cuantos más sectores sociales son afectados por ella y cuanto más debilita la legitimidad burguesa y su capacidad de mantener integrada y pasiva a la población alienada, tanta más importancia adquiere la lucha de clases en su unidad de contrarios antagónicos; por un lado, la lucha revolucionaria que busca ampliar las alianzas con los sectores sociales menos concienciados, y por el opuesto, la decisión de la burguesía no sólo por reprimir a la clase revolucionaria y a sus organizaciones internas, sino también por movilizar las fuerzas irracionales autoritarias y contrarrevolucionarias que dormitan en el seno de la sociedad y que, al ser azuzadas, se expresan con salvajismo fascista, racista y patriarcal. Aunque la lucha de clases en su expresión política revolucionaria va siempre por detrás de la lucha de clases en su forma elemental por las mejoras salariales, y aunque ésta va siempre por detrás del agravamiento de la crisis, siendo cierto esto, no lo es menos que dependiendo de si de dan una serie de circunstancias que analizaremos, tiende a estrecharse una ágil dialéctica entre la crisis económica y la crisis política que se expresa en la crisis revolucionaria.

 

 

Una organización ha de actuar siempre teniendo en cuenta, primero, la inevitabilidad de las crisis; segundo, que durante ellas y aprovechando las nuevas condiciones objetivas puede acelerarse la marcha histórica orientándola hacia la revolución en cuanto posibilidad inserta en la crisis que deviene en probabilidad y por fin en realidad durante la misma lucha de clases; y, tercero y sobre todo, que esta dinámica que avanza de la posibilidad a la realidad, a los hechos, como expresión de que las contradicciones han llegado a un punto crítico de no retorno, al salto cualitativo que abre el camino de la toma del poder político o de la derrota a manos de la contrarrevolución, de que este dinámica expresa el muy poco tiempo decenios de historia.

 

 

Es decir, de que se produce una aceleración súbita del tiempo histórico en la que se concentran todas las fuerzas antagónicas enfrentadas mortalmente y de que, por tanto, una derrota en ese momento crucial supone un retroceso que necesitará un trabajo heroico de varias generaciones para recuperarse y llegar a una situación semejante a la anterior, en la que la posibilidad latente vuelva a materializarse en necesidad realizada. Pues bien, esta triple consideración es lo que el bolchevismo, en palabra de Lukács al hablar sobre Lenin, definió como “actualidad de la revolución”.

 

 

Prepararse para las inevitables crisis futuras significa que la organización revolucionaria orienta todas sus fuerzas hacia una única dirección; la toma del poder político por la clase trabajadora. Conectar ese objetivo tan lejano con el presente y argumentarlo mediante una teoría que demuestre que es posible hacerlo, más todavía, que demuestre que es necesario, que es la única alternativa posible para, primero, combatir en el presente los efectos devastadores de las crisis y, en el futuro, acabar con sus causas reales, con el capitalismo, mediante la instauración de un Estado obrero basado en la democracia socialista, realizar esta tarea exige que la organización revolucionaria disponga de cuadros militantes muy formados y experimentados en la explicación pedagógica de la teoría marxista en el interior del pueblo trabajador, en las fábricas, talleres, campos, escuelas, universidades, ciudades, pueblos, etc.

 

 

Sin un conocimiento práctico de la teoría marxista es imposible realizar lo aquí dicho. Por conocimiento práctico hay que entender lo opuesto a la memorización dogmática de un manual carente de vivacidad dialéctica, sino una autocrítica colectiva y permanente entre una práctica basada en la teoría y una teoría que se contrastada en todo momento por la práctica.

 

 

5.- LA ACTUALIDAD DE LA REVOLUCION COMO HORIZONTE PRESENTE;

 

 

La lucha básica y esencial contra cualquier crisis no se altera, no cambia en su contenido y finalidad histórica dependiendo de cómo sea ésta, de su gravedad, extensión y duración, de que sea una crisis transitoria, parcial y corta, que afecta solamente a un área de la realidad capitalista, o de que sea una crisis como la actual, síntesis superior de todas las pequeñas al subsumirlas en ella, prolongada y que afecta a la totalidad del sistema porque es una crisis de acumulación, estructural, de civilización, sistémica, o como queramos denominarla, sin entrar ahora en precisiones que nos exigirían más espacio del disponible.

 

 

Al margen de su alcance y gravedad, todas las crisis muestran las limitaciones insalvables del capitalismo, unas más que otras y en formas externas diferentes, pero todas sacan a relucir las contradicciones básicas de la explotación capitalista. Es por esto que todas ellas son necesarias e inevitables, aunque sus tiempos de incubación, estallido y resolución sean diferentes dependiendo de su naturaleza secundaria o estructural. Las crisis financieras, comerciales e industriales aisladas y cortas, pueden ser incluso retrasadas y suavizadas por las medidas preventivas tomadas por el Estado y otras instituciones burguesas, pero resurgen tarde o temprano y tienden a confluir en crisis más grandes porque responden a las mismas contradicciones irresolubles.

 

 

La actualidad de la revolución encuentra en esta teoría su incuestionable argumento; dado que en toda pequeña crisis anida siquiera embrionariamente una gran crisis del capital, por ello mismo en toda pequeña crisis late un germen de conciencia socialista que puede llegar a ser un incontenible movimiento revolucionario. La teoría marxista de la actualidad de la revolución es la que explica por qué y cómo se puede lograr que esa posibilidad latente se transforme en una creciente probabilidad y, después, en una necesidad imparable que de paso a una realidad victoriosa. El marxismo expone esta dinámica en forma de teoría positiva, pero la burguesía no tiene más remedio que aceptarla y lo hace en forma de teoría negativa, o dicho por boca del ministro de orden público del canciller alemán Bismarck a finales del siglo XIX; en toda pequeña huelga late la revolución socialista.

 

 

En realidad, los poderes opresores de todas las épocas, desde que existe la explotación, han sabido de la veracidad de esta tesis y aunque no la racionalizaran en forma de teoría sí la asumían empíricamente. La censura y persecución de las herejías y heterodoxias, de las utopías, de los milenarismos y de los mitos justicialistas, así como la represión preventiva o directa e inmediata de las protestas sociales por pequeñas e incipientes que fueran, esta inhumana y sangrienta experiencia histórica confirma la validez de la teoría marxista de la actualidad de la revolución.

 

 

La diferencia que separa al socialismo utópico y al reformismo, por un lado, del marxismo por el otro, es que los primeros ni pueden ni quieren aceptar la necesidad de las crisis y por tanto el hecho de que, vista en perspectiva histórica, la revolución sea una actualidad presente en todo momento, aunque en forma embrionaria según el antagonismo alcanzado por el choque de las contradicciones. El socialismo utópico no podía comprender esta realidad porque se movía dentro de la restringida visión de la “justicia social”, del “salario justo”, de que las causas de las crisis radican en una “injusta distribución de la riqueza” y no en la existencia de la propiedad privada, de la explotación y de la dictadura del salario, en la realidad objetiva de la plusvalía y de la ganancia, etc., y por ello, por esta limitación, no podían dar el salto a lo que Engels denominó muy correctamente como socialismo científico.

 

 

El reformismo tiene todavía más responsabilidad que el socialismo utópico porque, a diferencia de éste, que desconoció la aplastante experiencia histórica posterior, el reformismo sí la ha conocido, y la conoce ahora mismo, en la crisis actual, y por el contrario ha tomado y toma conscientemente medidas destinadas a encadenar al movimiento obrero a las tonterías sin futuro alguno de las simples reformas salariales no insertas en la práctica de acumulación de fuerzas revolucionarias. Un ejemplo de las impotencias del socialismo utópico y de la responsabilidad del reformismo, lo tenemos en el anarquismo, que sigue atado a la ideología del socialismo utópico pese a toda la experiencia acumulada, y que a la vez es el “hermano gemelo del reformismo” pese a su fraseología aparentemente radical, como muy bien ha sido denominado.

 

 

Estas corrientes tienen el común varios errores estratégicos de los que ahora sólo podemos criticar el que concierne a su incapacidad para entender la dialéctica del poder, es decir, el hecho demostrado de que si bien las crisis estructurales responden en su origen a razones económicas, sus salidas en uno u otro sentido, el burgués o el proletario, sólo son posibles mediante victorias político-económicas, victorias en la que el factor decisivo es el poder político y después el conjunto de medidas económicas que se imponen gracias a la fuerza política conquistada. Por esto, una vez más, el Estado es un instrumento clave. Naturalmente, cuando hablamos de poder político lo hacemos desde el marxismo, desde el poder político como quintaesencia de la economía, como su concentrado, y a la vez, como poder teórico, ético y conscientemente asentado en la democracia socialista, en la democracia de los consejos y de los soviets del pueblo en armas.

 

 

El socialismo utópico, el anarquismo y el reformismo especialmente, no pueden y no quieren comprender la dialéctica del poder como única alternativa a la crisis del capital. Una dialéctica que integra simultáneamente a la dialéctica entre reforma y revolución, mostrando que no son dos cosmos irreconciliables y aislados absolutamente entre ellos, sino la unidad de dos polos que interactúan a lo largo del proceso histórico. Centrándonos en el reformismo, no sólo sobrevalora la reforma y la mitifica hasta elevarla al único método posible, sino que a la vez actúa directa o indirectamente contra la revolución.

 

 

El marxismo sostiene que existe una dialéctica entre reforma y revolución; entre la lucha inmediata y acorto plazo por victorias tácticas, puntuales y pequeñas, y la lucha mediata y a largo plazo por la toma del poder; entre el programa mínimo que debe aplicarse en el presente, en las reivindicaciones menores, pero importantísimas para que las masas explotadas aprendan, pierdan el miedo y tomen conciencia histórica, y el programa máximo que debe conquistarse y aplicarse en el futuro mediante los instrumentos de poder del Estado obrero; entre las tácticas, los medios y las formas de lucha actuales, y las estrategias, los fines y los objetivos históricos irrenunciables.

 

 

Esta dialéctica entre el presente y el futuro, que se sustenta en el conocimiento teórico elaboración a raíz del estudio crítico del pasado, se desarrolla materialmente en cualquier lucha concreta que se está realizando ahora mismo por cualquier reivindicación y en contra de cualquier explotación, y se desarrolla precisamente actualizando en el ahora mismo, en el presente, los objetivos últimos de la revolución, del socialismo como fase de tránsito al comunismo. Los objetivos últimos se materializan en el presente al llenar de contenido de futuro a las reivindicaciones tácticas, al mostrar que las luchas por las reformas están llenas de contenido revolucionario inaceptable por la burguesía a medio y largo plazo porque superan y desbordan la capacidad de absorción, paralización y desunión que busca la burguesía con sus concesiones oportunistas y/o miedosas en respuesta a las luchas obreras y populares.

 

 

Por no retroceder mucho en el pasado, hemos de saber que, con sus inevitables limitaciones históricas, la cuestión de la dialéctica del poder y de la reforma y revolución ya aparece imprecisa y borrosa en las primeras movilizaciones de las masas trabajadoras urbanas y campesinas contra la ascendente burguesía comercial y sus aliados nobles allá por los siglos XIII y XIV en las durísimas luchas de clases en las ciudades del norte de Italia. Luego, una y otra vez, la misma pregunta crucial --¿cómo tomar, mantener y utilizar el poder?-- reaparece una y otra vez y de forma más precisa y teorizada conforme aumenta la experiencia empírica acumulada. Desde esta visión histórica, Maquiavelo es solamente un hito más aunque valioso e importante, de una reflexión vital para las clases enemigas en lucha. La denominada “teoría del Estado moderno”, es decir, las reflexiones burguesas sobre cómo vencer a la Iglesia y al feudalismo, y después sobre cómo aplastar al proletariado, son las piedras basales y angulares de su “ciencia social”, de la sociología, obsesionada por perfeccionar esta “teoría”.

 

 

De hecho, la intelectualidad burguesa reformista empieza a crear la sociología cuando las luchas obreras y populares certifican las limitaciones insolubles de las primeras ideologías burguesas sobre el Estado, sobre el “contrato social”, etc., y cuando, por tanto, se hace urgente una “ciencia social” capaz de aportar al capitalismo el método que garantice una explotación lo más tranquila posible porque, además, ya para entonces se había constatado la incapacidad del socialismo utópico para lograr la armonía social. El anarquismo no logró tampoco superar aquellos límites pese a actos heroicos y algunas aportaciones válidas; y el reformismo, que tiene sus raíces directas en la sopa ecléctica cocinada con trozos de sociología, economía burguesa, neokantismo y socialismo utópico, se ofrece voluntariamente para dar con la solución mágica al problema esencial planteado por la dialéctica del poder y de la reforma y revolución, mediante la hábil pero inútil trampa de negar el contenido de dictadura burguesa del poder establecido y de colaborar por acción u omisión en la lucha antirrevolucionaria.

 

 

En los primeros textos marxistas de la década de 1840, estas cuestiones empiezan a ser resueltas de forma totalmente diferente porque el marxismo, en contra de lo que se cree, no se limita a dar respuestas diferentes a las mismas preguntas, sino que en realidad lo que hace es plantear otras preguntas diferentes, afirmar y demostrar que existe otra realidad social que no ha sido descubierta por el socialismo utópico, por la economía política burguesa y por la sociología. El marxismo rompe con la ideología burguesa en cualquiera de sus formas y la supera cualitativamente al centrar su atención no en la esfera de la circulación de las mercancías, sino en el proceso de su producción, en la explotación asalariada y en su dictadura de clase. Desde esta realidad sustantiva y estructural, aunque invisible para la ideología burguesa, la cuestión del poder y de la dialéctica entre reforma y revolución adquiere un contenido nuevo, opuesto totalmente a las recetas superficiales al uso que se limitan a la esfera de la circulación sin querer ni poder tocar las estructuras productivas y la propiedad privada burguesa.

 

 

El Manifiesto Comunista, escrito en 1848, demuestra claramente la centralidad del poder de clase y la necesidad de readecuar cada determinado tiempo la dialéctica entre reforma y revolución a las nuevas necesidades. Cada vez que el Manifiesto se reeditaba en contextos sociales y temporales diferentes, sus autores hacían un especial esfuerzo de concreción de su mensaje central a las nuevas situaciones, adaptando el programa mínimo que aparece al final del texto a las nuevas situaciones sin renunciar a la valía estratégica del Manifiesto.

Después, el mismo método fue utilizado una y otra vez.

 

 

La lucha contra las crisis, sean grandes o pequeñas, la dialéctica entre reforma y revolución, el problema del poder, cualquier cuestión práctica que se plantee ha de partir de este método que une lo general y lo particular, los objetivos y los medios, la estrategia y la táctica siempre insistiendo en la cuestión del poder tal cual se expresa en cada proceso revolucionario. Teniendo esto en cuenta, ahora y con respecto a los compañeros y compañeras turcas, desde Euskal Herria no podemos ni debemos dictarles un programa de lucha contra la crisis de obligado cumplimiento, sino a lo sumo, ofrecer algunas reflexiones generales que pueden servir a su emancipación siempre y cuando sean criticadas y adaptadas a sus necesidades.

 

 

6.- CONTRAPODER, DOBLE PODER Y PODER POPULAR;

 

 

¿Cómo se puede luchar contra los efectos de la crisis, contra la crisis en sí misma y contra las causas profundas de las crisis si no se tiene el poder político-económico? El reformismo responde que con la acción parlamentaria y sindical, y en caso extremo, cuando no hay otra opción, con movilizaciones de masas en pos de reformas imprescindibles, pero siempre dentro del “juego democrático”. Semejante “alternativa” nunca ha logrado acabar con las crisis y solamente en muy contadas situaciones ha logrado estabilizar durante algunas décadas un sistema de explotación que repartiese los beneficios menos injustamente y que mantuviera ciertas libertades democráticas, excepcionales por otra parte a nivel del capitalismo mundial, más dado a las dictaduras y a los regímenes autoritarios que a la democracia burguesa.

 

Pero si, como hemos dicho, tal logro ha sido excepcional y está siendo rápidamente desmantelado en medio de la pasividad del reformismo, su estrategia ha vuelto a sufrir otra derrota aplastante con las recientes medidas estatales de entregar sumas ingentes de dinero público al corrupto e irracional capital financiero, responsable de que la crisis de fondo, de sobre acumulación excedentaria y de superproducción, que se arrastra desde finales de los ’60 del siglo XX se haya agudizado, extendido y descontrolado hasta hundirse en el caos actual.

 

 

Las democráticas burguesías de los Estados imperialistas no han consultado a sus respectivos pueblos, no han realizado ningún debate parlamentario, no han preguntado siquiera, en la mayoría inmensa de los casos, a las fracciones comercial e industrial, y a otros poderes burgueses menores, si estaban de acuerdo o no en dilapidar masas casi inconmensurables de dinero público solamente en el salvamento del capital financiero. Los pueblos trabajadores, la pequeña y mediana burguesía, y hasta sectores viejos de la burguesía han visto cómo de la noche a la mañana desaparecían de las “arcas públicas” buena parte de sus ahorros y de sus enanos capitales.

 

 

Y los sindicatos oficiales, reformistas, corporativos, burocráticos y amarillos no han hecho nada para contener el vaciamiento de las arcas, el atraco realizado por la mano armada y visible del Estado, verdadero poder que avasalla cuando la “mano invisible del mercado” fracasa en todas las crisis. Lo mismo ha hecho el reformismo precisamente cuando desde hace años las clases trabajadoras y la pequeña burguesía están sufriendo un continuado retroceso en su calidad de vida y trabajo, en sus salarios directos e indirectos, en sus derechos laborales, sociales y políticos bajo la creciente ofensiva del capital.

 

 

¿Entonces? Las izquierdas han de popularizar la clásica consigna del contrapoder que consiste en crear organizaciones populares y obreras que sean capaces de parar los pies a la burguesía en las luchas reivindicativas inmediatas, a pie de calle, en las fábricas y campos. Las personas afectadas por ataques burgueses en cualquier circunstancia han de organizarse para resistir y vencer. Semejante afirmación no dice nada nuevo porque es la esencia de la resistencia a la opresión e injusticia, pero lo que tiene de bueno la consigna del contrapoder es que saca a la luz el objetivo básico; si el opresor tiene su poder, los y las oprimidas han de construir el suyo. Aquí radica el enorme valor de esta consigna revolucionaria, el de mostrar teórica y prácticamente que hasta en las luchas más pequeñas y sin trascendencia aparente es necesario avanzar al objetivo del poder, que en una primera fase tendrá la forma de contrapoder.

 

 

Los trabajadores de una empresa, por ejemplo, han de crear sus propias organizaciones que superen al sindicalismo reformista, que planteen la consigna del control obrero sobre las finanzas y los ritmos, que digan claramente a la patronal que no tendrá más remedio que negociar con ellos en vez de con los burócratas sindicales, que se coordine con otras empresas, etc. El contrapoder es esta capacidad de ponerse a la misma altura que el patrón, de tú a tú, de contrarrestar su poder empresarial con el poder obrero. Es un contrapoder porque, en esa fase, todavía se mueve en el plano de la relativa igualdad de fuerzas frente al poder opresor, no le supera todavía y actúa más a la contra, resistiendo y negándose a claudicar, a la defensiva, que atacando, avanzando, proponiendo objetivos y alternativas, suplantando y hasta superando al poder opresor.

 

 

En realidad, el contrapoder se activa con más frecuencia de lo que creemos porque muchos colectivos en lucha se cercioran de que al no tener fuerza alguna, o al tenerla muy débil, no pueden presionar lo suficiente al opresor y a sus instituciones. El reformismo hace mucho daño en esos momentos porque en vez de mostrar que debe avanzarse en el poder propio, en el poder de los explotados, desactiva las luchas encadenándolas dentro de los muy estrechos marcos tolerados e impuestos por el poder estatal, o sea, obliga a las y los oprimidos a aceptar el poder del opresor, sus leyes, sus tribunales, su prensa, etc., y lo que empezó siendo una esperanza termina en derrota y desánimo, o en una muy pequeña concesión otorgada por el explotador que desune y divide a los explotados.

 

 

Frente a esto, la consigna del contrapoder busca, por un lado, concienciar de la necesidad del poder propio, aunque sea inicialmente pequeño y a la defensiva, aunque se muestre sólo en las victorias de impedir al explotador hacer todo lo que le venga en gana, obligándole a respetar las formas organizativas y las decisiones democráticas de los oprimidos; y, por otro lado, busca crear un medio de debate colectivo independiente del reformismo político-sindical mediante el cual desarrollar la dialéctica entre la lucha por las reformas y la lucha por la revolución.

 

 

La independencia política de clase, la no dependencia del reformismo, es decisiva para llenar de sentido revolucionario a las reformas conquistadas. Dado que el contrapoder supone la independencia política de clase, y dado que por tanto el reformismo no puede ahogar esa independencia en los pantanos de la política burguesa, por eso mismo el contrapoder es el único medio que permite llenar de contenido revolucionario la lucha por las reformas, y orientar ésta hacia la revolución. Para que esta dinámica avance con los mínimos errores posibles, es imprescindible que las organizaciones revolucionarias formen teóricamente a sus militantes para actuar con iniciativa propia, para adelantarse a los acontecimientos, para prever las crisis y organizar a la clase en la medida de lo posible.

 

 

Es mucho más fácil avanzar en el contrapoder cuando se ha advertido de la necesidad de la crisis, en que ésta llegará antes o después y de que hay que prepararse para resistir los ataques que se endurecerán entonces, de que no hay que creer en la propaganda sino que hay que mantener encendida la llama revolucionaria en los tiempos de aparente paz y armonía entre las clases. Parece que se trata de un esfuerzo ingrato, que no rinde efectos a simple vista, baldío incluso, pero no es cierto. La historia de la lucha de clases demuestra aplastantemente que toda pequeña concienciación deja su poso, su semillita, y que dependiendo de las circunstancias y sobre todo de que existan organizaciones revolucionarias que defiendan la independencia política de clase, esa semillita muy probablemente germinará cuando llegue la primavera revolucionaria. La práctica del contrapoder en las pequeñas luchas sociales es imprescindible.

 

 

Una de las condiciones que facilitan la germinación de la semilla plantada en época de “paz social” es la tajante y pública decisión de avanzar del contrapoder al doble poder. Una vez más, la explicación teórica de por qué es necesario construir un poder igual de fuerte pero de sentido contrario al poder burgués aparece ante la conciencia de las masas como el cemento que cohesiona toda su práctica anterior de contrapoder, que explica los objetivos inmediatos, del presente mismo, y que los inserta en la dirección estratégica hacia la conquista del poder político, hacia la construcción del poder popular. Esta explicación ha de insistir en que las reformas conquistada y defendidas mediante el contrapoder apenas valen para nada si no son trampolines para nuevos saltos, para coger impulso para nuevos avances que conquisten reformas más radicales y progresivamente inaceptables por el capital, y que es en esos momentos de tensión social máxima porque la burguesía ya no quiere ceder más ante la fuerza obrera y popular, es en esos momentos cuando el doble poder adquiere su pleno sentido.

 

 

En el contexto de una severa crisis y cuando las luchas empieza a aparecer y a expresarse en contrapoderes que tienden a coordinarse, en este contexto la duda e indefinición, la tardanza en plantear públicamente los objetivos a conquistar, semejante pérdida de tiempo solamente beneficia a la clase dominante. Según se agudiza la crisis socioeconómica y va adquiriendo más contenido político, las medidas burguesas son también más y más políticas, por lo que la clase trabajadora no tiene otra alternativa que seguir avanzando en su propia independencia política. Dudar es retroceder.

 

 

Los procesos revolucionarios se caracterizan por determinadas constantes básicas que se expresan en lo esencial por debajo de sus diferencias formales, superficiales. La del doble poder es una de ellas y se produce en todos los avances de las masas explotadas. Negarlo es negar la historia. Las organizaciones revolucionarias han de popularizar la necesidad de avanzar en el doble poder, es decir, en lograr la mayor fuerza de masas posible en el momento de empate político fugaz y siempre inestable, de modo que la burguesía no pueda aplicar sus medidas reaccionarias pasa salir de la crisis descargándola sobre las espaldas del pueblo trabajador. En situaciones así, que suelen ser cortas en el tiempo porque el Estado ya está preparando sus fuerzas represivas para que golpeen masivamente, es imprescindible que las izquierdas popularicen una alternativa global contra la crisis socioeconómica y política, una alternativa que insista en la urgencia de cambios profundos en las estructuras económicas y de propiedad, en la misma naturaleza del Estado y de sus fuerzas represivas.

 

 

La importancia clave de la teoría y de la conciencia política aparece aquí de forma meridiana. Estudiar la aceleración de las contradicciones irreconciliables, sinterizarlo teóricamente en su forma política para que sea debatida por los sectores más activos y militantes, es una tarea imprescindible de las organizaciones revolucionarias. Otra tarea y no menos importante, es la de concentrar esas lecciones en consignas y objetivos inmediatamente asumibles por las masas menos concienciadas, de modo que comprendan con pocas pero esenciales palabras los objetivos urgentes que han de conquistar.

 

 

En una situación de doble poder, las organizaciones revolucionarias tienen poco tiempo para resolver estas necesidades, lo que demuestra la importancia de la teoría de la ineluctabilidad de las crisis y de las tareas que necesariamente surgirán con ella. Prepararse con antelación es imprescindible porque, como hemos dicho, dudar es retroceder ya que la burguesía usa ese tiempo regalado por las fuerzas revolucionarias con su inactividad para reorganizarse y contraatacar, y los sectores menos concienciados de las masas tienden a girar hacia la derecha en busca de las respuestas que la izquierda no ha dado a sus preguntas y ansiedades.

 

 

La suerte de las revoluciones se decide, en la mayoría de los casos, en los momentos de doble poder porque es en ellos cuando emergen las fuerzas y las debilidades de los contendientes que se disponen a dar el último golpe de gracia a su enemigo. Son muchas las formas en las que el doble poder transita al desenlace de la victoria o derrota de uno de los bandos, pero también aquí existen determinadas constantes básicas que se repiten en lo esencial en todos los casos. En una sociedad basada en la explotación no pueden coexistir dos poderes antagónicos, el del explotador y el del explotado. Más temprano que tarde uno aplasta al otro, y en buena medida la victoria de uno se cimentará en los errores del vencido durante el corto momento del anterior doble poder.

 

 

Al margen de que la victoria se logre mediante la violencia o mediante las urnas, o mediante una mezcla de ambos métodos, lo fundamental es que el salto al poder está condicionado por la iniciativa demostrada en el anterior período de doble poder. Sin embargo, una vez tomado el poder, o mejor dicho en lo que se refiere al poder obrero y popular, una vez que el pueblo trabajador construye su poder de clase, el futuro no depende tanto de los aciertos anteriores, que también, cuanto fundamentalmente de la clara iniciativa política mirando al futuro.

 

En las crisis estructurales, sistémicas, de civilización, de acumulación, etc., la burguesía utiliza su victoria política tras la derrota de la clase trabajadora para imponer muy severas, cuando no atroces, medidas socioeconómicas en medio de un recorte sustancial de las libertades democráticas, cuando no en medio de una implacable dictadura. Todo ello precedido, acompañado o seguidos de guerras exteriores que pueden impulsar la resolución de la lucha de clases en un sentido o en el contrario, dependiendo de las circunstancias.

 

 

Pero a diferencia de la ferocidad asesina burguesa, el poder proletario se ha caracterizado por mucha mayor tolerancia y respeto a los derechos de la clase burguesa vencida. Solamente tras las intentonas contrarrevolucionarias de la burguesía para reconquistar el poder perdido, sin reparar en violencias, sólo entonces el poder popular ha recurrido a la violencia defensiva política a la vez que ha endurecido las medidas socioeconómicas para salir de la crisis causada por el capitalismo derrotado políticamente.

 

 

7.- SOCIALISMO O BARBARIE, COMUNISMO O CAOS;

 

 

El marxismo ha sostenido desde sus orígenes que la lucha de clases puede terminar en la victoria de una de ellas, o en el exterminio mutuo de las clases enfrentadas. Ya desde el inicio del Manifiesto Comunista se sostiene esta tercera alternativa. La posibilidad asumida teóricamente de un mutuo exterminio de las clases en lucha abría en la mitad del siglo XIX una reflexión totalmente innovadora para su época, reflexión que fue posteriormente enriquecida varias veces durante la vida de Marx y Engels en el mismo sentido, y que, ampliando su contenido y alcance histórico, llegó a expresarse también en premonitorias tesis sobre lo que ahora se denomina “crisis ecológica”, sobre la “venganza de la naturaleza”, sobre los efectos devastadores del capitalismo en el medio ambiente, etc., llegando a formular en el libro III de El Capital un axioma sobre la “propiedad” de la tierra por las generaciones futuras que supera con mucho en consecuente y lúcida radicalidad a la fraseología hueca de tantos ecopacifistas actuales que se han plegado a las exigencias del capitalismo.

 

 

En 1915 Rosa Luxemburg, desarrollando una idea anterior de Engels, planteó el dilema de Socialismo o Barbarie como la disyuntiva ante la que se encontraba el movimiento obrero. Como hemos dicho antes, la guerra de 1914-18 fue consecuencia directa del imperialismo, que a su vez había sido la fundamental solución del capitalismo colonialista para salir de su profunda crisis de 1896. Engels también había advertido que el capitalismo estaba desarrollando fuerzas militares que estallarían en una guerra internacional cuya letalidad era inconcebible e impredecible para los esquemas interpretativos de finales del siglo XIX, como terminó ocurriendo.

 

 

Rosa Luxemburg profundizo en esta lógica advirtiendo que la irracionalidad del capitalismo enfrentaba a la humanidad al dilema de Socialismo o Barbarie. En 1915 la guerra mundial no había mostrado aún toda su mortandad y con ella, los efectos nefastos que acarrearía al capitalismo, y las tendencias reaccionarias e irracionales que igualmente generaría entre las clases intermedias y en debilitadas burguesías especialmente amenazadas por la revolución proletaria. Pese a esto, el mensaje de Rosa era contundente; si la revolución no vence al capitalismo, el futuro que éste impondrá a la humanidad será la barbarie.

 

 

A finales de 1917 estalló la revolución bolchevique y el terrorismo imperialista adquiriría desde entonces una ferocidad inhumana que superaría incluso a la practicada contra la Comuna de París de 1871, por citar un caso.

La revolución bolchevique supuso y sigue suponiendo un salto cualitativo en la historia humana, a partir del cual la civilización burguesa empezó a decaer lenta pero irremisiblemente. En 1919, el partido bolchevique aprobó un texto de formación de sus cuadros --“ABC del comunismo”-- en el que se dedicaba un apartado al dilema “caos o comunismo”, que contiene párrafos que parecen escritos a comienzos del siglo XXI por su actualidad, por su crítica al capitalismo financiero, a la militarización, etc. En 1938 Trotsky, en su “Programa de Transición”, plantear el mismo problema aunque con otras palabras, al afirmar que sin una revolución social en aquel contexto , la civilización humana estaba amenazada por la catástrofe.

 

Con una perspectiva política totalmente diferente a la de Trotsky, después de la guerra mundial de 1939-45 y como respuesta a la política de terror nuclear de los EEUU, la URSS desarrollará una intensa campaña por la paz y contra el peligro cierto de autoexterminio de la especie humana si el imperialismo provocase una guerra total, una guerra convencional, termonuclear y bioquímica. Los informes del Club de Roma de 1972 y de otras investigaciones habían advertido de los riesgos objetivos del calentamiento global, del agotamiento de los recursos planetarios, etc., y desde finales de los ’70 y en los ’80 grupos de científicos críticos demuestran la inevitable catástrofe exterminadora que sucedería si estallase esa guerra total que, además de los centenares de millones de muertos y heridos en una primera fase, la mortandad se multiplicaría exponencialmente por las radiaciones y los venenos bioquímicos, y al muy poco tiempo con los arrasadores incendios gigantescos que provocarían el “invierno nuclear” por l






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