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¿CÓMO CARACTERIZAR LA ACTUAL CRISIS DEL SISTEMA CAPITALISTA?
Enviado el viernes, 05 de febrero a las 07:58:23 por editor

¿QUÉ ES LA CRISIS?

http://proculturas.files.wordpress.com/2008/11/capitalismo2.jpg

 

La publicación socialista mensual Kaldiraç, me han planteado dos preguntas; primera, ¿cómo caracterizar la actual crisis del sistema capitalista?, y segunda, ¿cómo luchar contra ella? PRIMERA RESPUESTA; ¿QUÉ ES LA CRISIS?. Un análisis de Iñaki Gil de San Vicente.

inSurGente



1. CINCO CARACTERÍSTICAS

 

2. TEORIA MARXISTA DE LA CRISIS

 

3. INTERACCIÓN, COMPLEJIDAD Y “NUEVA” CRISIS;

 

 

1.- CINCO CARACTERÍSTICAS

 

 

Para comprender la actual crisis del capitalismo debemos recurrir al método dialéctico. Volver a Hegel es lo que hizo Marx cuando necesitó penetrar en los secretos más profundos de la explotación asalariada, y nada de la crítica marxista de la economía política se entiende si no es utilizando la dialéctica. Teniendo esto en cuenta debemos considerar cuatro cuestiones; una, el modo de producción capitalista funciona en base a leyes tendenciales movidas por el choque de contradicciones irreconciliables, de modo que la naturaleza, la esencia, del capitalismo está siempre agitándose, bullendo y en tensión interna causada por el choque imparable entre, por un lado, su ciega necesidad de acumulación ampliada en manos de la minoría propietaria de las fuerzas productivas, y por otro lado, el carácter social de la producción realizada por la mayoría trabajadora que carece de todo excepto de su fuerza de trabajo.

 

 

A esta contradicción hay que unir otra, la que existe entre los propios burgueses, la competencia interna por enriquecerse unos a costa de los otros, lo que por un lado impulsa la tecnificación de cada empresa pero, por otro lado y a escala total, determina el irracionalismo del conjunto del sistema capitalista. Esta contradicción interna refleja la lucha cainita entre burgueses enfrentados a muerte por quitarse los negocios los unos a los otros, o sea al canibalismo burgués que se expresa en la competencia. Todo esto hace que la evolución del capitalismo sea siempre inestable y desequilibrada, logrando fugaces momentos de estabilidad y equilibrio muy transitorio que desaparecen en poco tiempo.

 

Dos, ésta y otras contradicciones inherentes al capitalismo son esenciales, forman su identidad básica y obligatoria, su contenido genético-estructural obligado en este modo de producción, mientras que las formas concretas, superficiales y externas, con las que aparecen tales constantes internas, es decir su continente histórico-genético, adquieren expresiones muy diferentes en su apariencia, expresiones que dependen de las historias particulares de cada sociedad, de cada pueblo, de cada formación económico-social.

 

 

Podemos decir a modo de símil que las corrientes subterráneas que recorren las profundidades del capitalismo nunca se detienen, siempre están moviéndose, aunque en la superficie oceánica reine una calma transitoria, una quietud mortecina que, sin embargo, tarde o temprano termina agitándose y luego, si confluyen determinadas dinámicas, concluye en un ciclón o huracán devastador. Podemos recurrir también al símil de la deriva de los continentes y de los flujos inmensos del magma en el interior de la Tierra, bajo su corteza externa que parece ser eternamente inmóvil, pero que se mueve en todo momento aunque de forma imperceptible, y que estalla abruptamente en corrimientos de tierra, géiseres, volcanes, terremotos y otros cataclismos.

 

 

Tres, volviendo al capitalismo, las crisis no son meramente posibles, sino que son necesarias e inevitables. Como veremos al contestar a la segunda pregunta, esta tesis marxista confirmada por toda la experiencia histórica, es decisiva para entender la absoluta oposición entre la práctica reformista y la revolucionaria. Las crisis son necesarias porque responden a las leyes tendenciales, a las contradicciones internas, a la esencia del capitalismo, aunque existen varias formas básicas de crisis parciales, muchas interrelaciones entre esas crisis parciales y, sobre todo, diferentes temporalidades, fases u ondas de gestación, estallido y duración de las crisis, en especial de las estructurales, las que afectan a la totalidad del sistema y a sus capacidades de recuperación.

 

 

La posibilidad objetiva de la crisis está dada en las propias dificultades del sistema económico en su forma más simple y básica para transformar el producto del trabajo social en beneficio privado, y conforme la economía se complejiza y avanza el peso decisivo de la esfera de la producción de medios de producción, es decir, la producción industrial, según avanza esta dinámica la posibilidad se transforma en probabilidad y ésta, finalmente, en necesidad, en ineluctabilidad.

 

 

Cuatro, la razón que explica el ascenso imparable del Estado y de sus burocracias en el desarrollo del capitalismo, como se ha vuelto a demostrar ahora mismo, en la actual crisis mundial, es precisamente la creciente necesidad que atosiga a la burguesía para contrarrestar los obstáculos, frenos y limitaciones siempre en aumento que ralentizan la obtención de beneficios y que impulsan el surgimiento de las crisis, su tendencia a confluir en una crisis única, total y sistémica, como los riachuelos confluyen en el río hasta hacer que este desborde todas las presas y canalizaciones, arrasándolo todo a su paso. La función básica del Estado y de la política burguesa, que es la economía concentrada, no es otra que la de impedir el estallido de la revolución, o en caso extremo ahogarla en un baño de sangre.

 

 

Mientras que las crisis del capital son necesarias e inevitables, la revolución social es necesaria pero no es inevitable, puede ser abortada o exterminada, y el Estado es el encargado de lograr que la necesidad de la revolución no se realice, fracase antes incluso de que las masas explotadas tomen conciencia de su necesidad. La diferencia radica, como veremos en la segunda respuesta, en que la crisis estalla por razones objetivas, por contradicciones internas insalvables, mientras que la revolución exige imperiosamente la acción de la conciencia política, teórica y éticamente formada y que ha prendido en el seno de la humanidad trabajadora, llegando a ser por ello una fuerza material.

 

El Estado burgués tiene el objetivo prioritario de impedir que surja, crezca y actué la conciencia revolucionaria como fuerza material.

 

Y cinco, la razón última de la crisis en su expresión más aguda es la acción histórica de la ley tendencial de caída de la tasa media de ganancia. Esta ley sostiene que la tasa media de ganancia tiende a descender a largo plazo porque cada vez hay que invertir más capital por cada unidad de ganancia obtenida, es decir, si hace veinte años, por ejemplo, para obtener una tasa de ganancia de 10 euros había que invertir otros 10 euros en máquinas, materias primas y salarios, ahora, veinte años después, para obtener esos mismos 10 euros hay que invertir 15 ó 20 euros en máquinas y salarios, es decir, que la rentabilidad media decrece ya que para cada euro de ganancia hay que gastar cada vez más capital en todo el proceso. Dicho en otras palabras, con el tiempo cada euro de ganancia cuesta más caro, es más costoso de obtener y por ello mismo se reduce la tasa media de beneficio.

 

 

El concepto de rentabilidad lo usan los burgueses pero ahora nos puede servir, sobre todo si ponemos el símil de la rentabilidad agrícola; para que un campo produzca 10 toneladas de trigo hace dos décadas había que gastar 10 euros en abonos, máquinas, salarios, etc., pero ahora para obtener esa misma cantidad de trigo, 10 toneladas, hay que gastar 15 ó 20 euros por que la tierra se ha empobrecido, los tractores son más caros, etc., por lo tanto, el precio de la tonelada sube con los años y si los precios de mercado se mantienen igual, las ganancias descienden. Volviendo a la producción industrial sucede lo mismo pero a otra escala más decisiva porque para producir una unidad de ganancia cada vez se ha de adelantar más cantidad de capital en forma de máquinas, instalaciones, salarios, etc., lo que hace descender la tasa media de beneficios.

 

 

2.- TEORIA MARXISTA DE LA CRISIS

 

 

La ley tendencial de la caída de la tasa o cuota media de ganancia puede ser y de hecho es contrarrestada por la deliberada intervención burguesa que, con la ayuda de su Estado, logra detener sus efectos y hasta revertirlos, logrando incluso períodos de subida de la tasa de ganancia. Las medidas que contrarrestan la tendencia descendente nos remiten al papel de la lucha de clases, a la lucha de emancipación de los pueblos oprimidos y a la intervención de los poderes estatales, sean los imperialistas o de las naciones que se resisten al imperialismo. Pero a la larga, y como ha demostrado la historia una y otra vez, pierden efectividad las medidas impuestas por la burguesía para contrarrestar esta ley tendencial de caída, que empieza de nuevo a minar los pilares del capitalismo en lo decisivo para su supervivencia; la acumulación ampliada de capital.

 

 

Conforme se acelera el descenso de los beneficios en ramas productivas y económicas enteras, los capitales que además luchan entre ellos por robarse los unos a los otros, también huyen de las ramas improductivas y se vuelcan en las ramas que todavía rinden más beneficios, hasta que saltando de quiebra en quiebra se lanzan masivamente a la especulación financiera, a la ingeniería bursátil de alto riesgo, a la corrupción generalizada y a la economía sumergida, alegal e ilegal. Se forman las burbujas financieras, inmobiliarias, especulativas, y el capitalismo real, el productivo, se ahoga en un mar de deudas impagables. Las masas de capital ficticio, de economía de papel, de dinero electrónico, de bonos basura y de negocios envenenados llegan a ser astronómicas en comparación a la economía real, a las reservas fungibles almacenadas en los bancos centrales y privados. Al final se desploma el montaje tramposo y aparece la realidad trágica de la crisis sistémica.

 

 

Marx explicó la ley tendencial de la caída de la tasa media de ganancia en el tercer libro de El Capital, y en los dos libros anteriores fue sentando las bases teóricas explicativas necesarias para comprender plenamente la vigencia histórica de dicha ley tendencial, como ha quedado demostrado por la historia. Esta metodología dialéctica que exige tener en cuenta la totalidad del problema, no ha sido respetada por muchos investigadores que se han limitado a repetir frases o párrafos sueltos, aislados de la totalidad de la investigación. Incluso hay quienes se limitan a obras muy anteriores a El Capital, por ejemplo al Manifiesto Comunista. Olvidando el método dialéctico y cayendo en la parcialidad de las citas aisladas y estáticas, se pueden encontrar en Marx varias “teorías” de la crisis; la de la desproporción entre los sectores primero y segundo, la de la sobreproducción, y la del subconsumo, básicamente.

 

 

Todas ellas son ciertas siempre y cuando se apliquen estrictamente en sus muy concretos límites, pero son inservibles cuando se las extrapola, se las estira más allá de su realidad puntual, y cuando se pretende explicar la crisis sistémica en su totalidad, que es mucho más que la simple suma de sus crisis particulares, con esas teorías parcialmente válidas en aislado. Para estudiar la crisis del capital es su plena destructividad global hay que llegar al libro tercero de El Capital, es decir, a la tendencia a la caída de la tasa de beneficios y desde aquí comprender cómo funcionan cada una de las teorías parciales, de las crisis particulares o subcrisis, pero siempre como partes insertas en una teoría más amplia.

 

 

Lo que ahora mismo sucede es que, como veremos más adelante, el capitalismo impuso desde los ’80 del siglo pasado una política salvaje de liberalización financiera inseparable de la política neoliberal, destinada a extraer enormes sobreganancias mediante la especulación financiera más suicida. Y lo hizo creyendo que así podría salir por fin de la prolongada crisis de acumulación que el sistema del capital arrastra con altibajos desde finales de los ’60, y agudizada desde 1973. Todavía más, la razón de esta crisis de acumulación sostenida con altibajos no es otra que la lenta acción de la tendencia a la caída de la tasa de ganancia.

 

 

Desde los ’80 ha habido repuntes puntuales en determinados Estados que han hecho creer a algunos que la crisis estaba definitivamente superada y que el capitalismo iniciaba de nuevo una larga y sostenida onda larga de expansión con superiores tasas de ganancia. Pero no ha sucedido así, como lo demuestran todos los estudios serios y rigurosos. Desde verano de 2007 y más crudamente desde el de 2008, el sistema del capital se está precipitando en el fango de una realidad de estancamiento o de crecimiento tan débil que no puede dar el salto a la recuperación sostenida en el tiempo, y esto porque asistimos a la subsunción de las crisis parciales en una crisis total “nueva”, según la categoría dialéctica de la totalidad en movimiento.

 

 

Dicho de otro modo, sobre el fondo histórico de una real y perdurable crisis de acumulación de capital en los sectores industrial y comercial debido a la impresionante sobreproducción excedentaria que muy difícilmente encuentra salida en los mercados mundiales, o no los encuentra para cada vez más capitales sobrantes, y su consiguiente efecto negativo sobre la demostrada declinación del PIB mundial, desde entonces hasta ahora, sobre este fondo histórico innegable de caída tendencial de la tasa de beneficios, han ido estallando sucesivas crisis parciales y específicas, que han terminado por confluir, fusionarse, sintetizarse como totalidad sistémica en una crisis “nueva” que, empero, se sustenta en la prolongada crisis de sobreacumulación excedentaria en el sector industrial, el decisivo porque es el que produce bienes de producción, crea valor y por el tanto el grueso del plusvalor y de la plusvalía.

 

 

Las “teorías” parciales dan cuenta de los problemas y de las crisis igualmente parciales, pero no dan una explicación completa de la crisis en su esencia profunda, como período prolongado de desvalorización extremadamente violenta, brutal, de las enormes masas de capitales sobrantes, improductivos, que pesan como plomo en el interior del capitalismo agudizando al máximo todas sus contradicciones irreconciliables.

 

 

Sin embargo y a pesar de sus limitaciones cuando se las extrapola, estas “teorías” parciales explican mejor la actual crisis que las tonterías dichas por los intelectuales burgueses en su afán por exculpar al capital del desastre. Cronológicamente expuesto, han surgido hasta ahora tres grandes excusas burguesas sobre la crisis. La primera ha sostenido que la causa ha sido el egoísmo y la avaricia de los “jugadores en bolsa”, que se han lanzado sin freno a la especulación abusiva sin reparar en los efectos posteriores.

 

 

La segunda ha sostenido que el “egoísmo innato” e “instintivo” había sido controlado mal que bien hasta mediados de los ’80 por los sistemas de regulación bancaria y financiera, pero que la liberalización y la desregulación absoluta potenciada desde finales de los ’80 ha permitido que la “avaricia humana” se desbocara cayendo en la absoluta locura, en la corrupción generalizada, lo que ha impactado demoledoramente sobre la “psicología” y la “confianza” del inversor que movido por el pánico ha retirado sus ahorros del mercado de dinero.

 

La tercera, más reciente, sostiene que la persistencia de la crisis a pesar de los llamados “brotes verdes” es debida ahora no al egoísmo humano en general, sino en particular al egoísmo, por un lado, de la clase trabajadora que con sus exigencias de mayores sueldos, pensiones y prestaciones sociales retrasan la recuperación, y por otro lado, de los pueblos “atrasados y pobres” que se obstinan por no colaborar con las propuestas “más sensatas” de los países del “centro” y del “norte”, y un ejemplo al respecto lo tenemos en las excusas dadas por el imperialismo para justificar el resultado de la Cumbre de Copenhague sobre el cambio climático, cumbre boicoteada por las grandes transnacionales apoyadas por sus Estados imperialistas.

 

 

Como se aprecia, el fondo argumental de las tres excusas es el mismo; los “bajos instintos” de la especie humana, aunque al final descargando toda la responsabilidad sobre las clases y naciones explotadas, de la misma forma en que los hombres echan la culpa de sus desgracias a la “maldad congénita” de las mujeres. Frente al marxismo que sostiene las razones objetivas y materiales, históricas, de las crisis, la propaganda burguesa ha retrocedido al idealismo en sus dos versiones, el subjetivo y el objetivo. El idealismo subjetivo aparece en el “argumento” de la avaricia individual, del egoísmo humano, de modo que desaparece la realidad mensurable, cognoscible y transformable y retrocedemos a las viejas creencias en las fuerzas subjetivas de las personas consideradas individualmente. El idealismo subjetivo, ya latente en la escuela clásica de la economía política burguesa desde finales del siglo XVIII, fue reforzado y elevado a tesis central con la escuela neoclásica o marginalista un siglo más tarde, y reactulizado con la ideología neoliberal para las necesidades del imperialismo desde la segunda mitad del siglo XX.

 

 

El idealismo objetivo estaba explícitamente defendido en la escuela clásica con la tesis de “la mano invisible del mercado” en cuanto fuerza objetiva incomprensible en última instancia, y que se regula a sí misma al margen de la voluntad humana. El idealismo objetivo reaparece cuando la burguesía culpa a la clase trabajadora, a una realidad social objetiva e innegable, de ser ya de facto la que prolonga la crisis. Hace unos años esta misma intelectualidad afirmaba que el proletariado ya no existía, que las clases sociales habían desaparecido para dejar el espacio al “ciudadano”, pero ahora resucita de la nada al proletariado para culpabilizarle de todo. Son las maravillas mistéricas y esotéricas de la sociología, “ciencia social” que vale para justificar cualquier necesidad del capitalismo.

 

 

3.- INTERACCIÓN, COMPLEJIDAD Y “NUEVA” CRISIS;

 

 

La teoría marxista afirma que la lucha de clases y de liberación nacional, las resistencias y reivindicaciones de las personas oprimidas, agudizan las crisis del capitalismo, reducen los beneficios de la burguesía, generan intranquilidad en el capital en su conjunto y especialmente en el capital financiero, disminuyendo préstamos e inversiones no rentables a corto plazo, lo que acelera las burbujas especulativas y los riesgos de crisis financieras. Pero sostiene, a la vez, que las causas de las crisis sistémicas son más profundas y complejas, y que al final de su estudio aparece siempre la acción lenta de la ley tendencial de caída de la tasa media de beneficios. De hecho ésta también es la razón de la crisis actual y de su “novedad” si la comparamos con las anteriores. Entrecomillamos lo de la “nueva” crisis para remarcar la vigencia de las categorías dialécticas de lo “nuevo” y lo “viejo” dentro de lo permanente, de lo esencial y constante de un proceso largo, en este caso del capitalismo.

 

 

De hecho, todos los aspectos “nuevos” de la actual crisis, como los efectos del calentamiento global, los costos de las hambrunas y de las pandemias, la “independencia” del capital financiero con respecto al capital industrial, el agotamiento de los recursos energéticos, las caídas y los auges en la jerarquía imperialista, las fases de victorias y derrotas militares de los imperialismos hegemónicos, los agotamientos de los sistemas de legitimidad burguesa establecidos y la tardanza en la reelaboración de otros nuevos, etc.; estas realidades que ahora sorprenden a los ignorantes son en realidad “viejas”, pudiendo rastrearlas algunas de ellas en el siglo XIX, y otras incluso antes. Lo que ocurre ahora es que están, por un lado, mucho más agravadas y extendidas que hace siglo y medio, y que, por otro lado, ahora interactúan entre ellas más intensa y rápidamente debido a la total mundialización de la ley del valor-trabajo, lo que hace que el resultante definitivo de la confluencia de tantas crisis parciales, o de subcrisis concretas, como queramos definirlas, sea una crisis global superior a las anteriores, una crisis sistémica, o de civilización, más grave que las anteriores.

 

 

Independientemente del adjetivo que cada autor marxista quiera poner al sustantivo “crisis” --“crisis sistémica”, de “acumulación”, de “civilización”, “global”, “estructural”, etc.,--, lo decisivo es que el sistema capitalista se encuentra sumido en un marasmo grave que revela con formas “nuevas”, mucho más agravadas, todas las “viejas” contradicciones de este modo de producción. La dialéctica nos explica que en un proceso de complejidad creciente existe una interacción entre las causas y los efectos, de modo que unas y otros se mutan, se transforman unas en otros y viceversa según la dinámica de la unidad y lucha de los contrarios. Por ejemplo, las crisis específicas del capital industrial, comercial y financiero existen como tales y tienen fases propias de gestación, estallido y solución, pero en ciertas condiciones y debido a la tendencia a la totalidad e interacción sistémica de los diversos procesos del capital, las diferentes crisis industriales, comerciales y financieras pueden terminan y terminan dando cuerpo a una crisis general aunque el detonante, la chipa que prende el incendio del proceso definitivo de crisis estructural haya sido el capital financiero, como es el caso de la crisis presente total.

 

 

Más aún, esta dinámica tendencial a la integración de las crisis industriales, comerciales y financieras es ya una realidad permanente en el actual capitalismo, de modo que hace falta mucho menos tiempo que antes para que cualquier pequeño problemita en cualquier esfera económica, social, política, cultural, militar, etc., en cualquier parte del mundo, se fusione rápidamente con otros problemas aparentemente aislados acelerando así el tránsito de los desórdenes y dificultades parciales al caos general.

 

 

Desde la segunda mitad de los ’80 del siglo XX y por decisión primera del imperialismo yanqui y casi simultáneamente del británico, los Estados burgueses y la gran banca, en alianza dirigida por una decisión estratégica tomada por el capital financiero-industrial, empezaron a liberalizar y a desregular los movimientos de capital, dándoles cada vez más libertades para superar no sólo los controles internos a los Estados de modo que el capital financiero adquiriera más libertad de movimiento en su interior, sino también y sobre todo para, por un lado, romper sus controles externos, es decir que los Estados no tuvieran más remedio que dejarse invadir por el capital financiero yanqui y británico en una primera y decisiva oleada; y por otro lado, destruir los controles internacionales para permitir la impunidad absoluta a escala mundial a los negocios financieros y bursátiles, cerrando los ojos a la definitiva fusión entre la economía legal, alegal e ilegal en todo lo relacionado con los movimientos de capitales mediante la ampliación de los denominados “espacios grises”, los “paraísos fiscales”, la “ingeniería financiera”, etc.

 

 

La corrupción parasitaria y criminal, que en absoluto es “nueva” sino tan “vieja” como el mismo capital-dinero, incluso en el precapitalismo, adquirió desde entonces carácter de naturaleza interna al capitalismo actual, como queda demostrado a diario. Uno de los objetivos más codiciados por esta desregulación suicida a medio plazo era y es el de absorber, privatizar y lanzar al mercado enloquecido de la especulación los fondos públicos, los fondos de pensiones y de jubilaciones, de la seguridad social, de las mutuas y de las asociaciones sin afán de lucro privado como las cajas de ahorro, las cooperativas y un largo etc., que han acumulado grandes capitales que, por ley, no pueden ser lanzados indefensos, atados de pies y manos, al océano de los tiburones especuladores.

 

 

Superficialmente, a simple vista, detrás de la liberalización financiera parecía que sólo actuaba la ciega codicia de los inversores norteamericanos y británicos, cosa que era y sigue siendo cierta en parte, ya que en realidad y sin negar la responsabilidad que corresponde a semejantes bandoleros y saqueadores, este salto al abismo, como ha resultado ser, era la opción falsa y desesperada para salir del largo estancamiento y hasta retroceso del PIB mundial desde finales de los ’60 del siglo XX, del que hemos hablado arriba. Cuando el tiempo transcurrido entre 2007 y 2009 demostró que la excusa de la avaricia, a la “falta de confianza” y hasta a la supuesta “crisis psicológica” del inversionista, se fue creando la excusa de los fallos del mercado financiero y de la necesidad de regularlo, surgiendo así la propuesta tramposa de una supuesta “refundación del capitalismo”. Por último, cuando nada de esto sirve, o cuando sólo sirve para generar unos muy pequeños “brotes verdes”, el capital arremete directamente contra las clases y naciones explotadas, acusándoles de todos los males, según hemos visto. Pero el problema real es otro muy diferente al presentado por las excusas burguesas; se trata de que han fracasado las medidas tomadas desde finales de los ’60 y de que, a la vez, se han agudizado otros problemas que repercuten negativamente sobre la tasa media de beneficios.

 

 

La “nueva” crisis es así la “vieja” crisis de sobreacumulación excedentaria que persiste desde aquellos años pero exacerbada al máximo tanto por el empeoramiento de la crisis ecológica y medioambiental, que está a punto de dar el salto cualitativo a la catástrofe, la crisis del agotamiento inexorable de los recursos básicos, etc., como por el fracaso de las medidas sucesivamente aplicadas por los Estados. Por ejemplo, desde una perspectiva histórica, que es como hay que estudiar el desarrollo de las crisis del capital, han terminado fracasando el neokeynesianismo militar aplicado masivamente desde los ‘80, el neoliberalismo salvaje, la financierización extrema, la pomposa “nueva economía de lo inmaterial y de la inteligencia”, la industria de la alimentación transgénica que debería haber acabado con el hambre mundial tras el anterior fracaso de la “revolución verde”, las invasiones militares del imperialismo contra los pueblos poseedores de los por ahora insustituibles recursos energéticos, y por no extendernos, está fracasando la contraofensiva estratégica a escala mundial lanzada por los EEUU desde comienzos de los ’80 para contener y revertir su declive como superpotencia mundial parasitaria que compensa con el saqueo exterior el deterioro de su capacidad productiva interna.

 

 

La “nueva” crisis está actualizando las “viejas” soluciones burguesas a las crisis anteriores. La crisis de mediados del siglo XIX, que cerraba la larga fase iniciada a finales del siglo XVIII, fue resuelta por la burguesía con el exterminio militar de la oleada revolucionaria de 1848, con una guerra contrarrevolucionaria implacable, y con otras medidas anexas que sería prolijo relatar. La crisis de finales del siglo XIX fue resuelta mediante la multiplicación exponencial de las agresiones a los pueblos no eurocéntricos, las negociaciones europeas para repartirse África, el endurecimiento del militarismo yanqui, el control represivo del movimiento obrero y especialmente, dando el paso al imperialismo lo que terminó causando la terrible masacre de la guerra mundial de 1914-18. La crisis de los años ’30 fue resuelta con el inhumano exterminio de la guerra mundial de 1939-45, que superó a la anterior guerra.

 

 

No hace falta decir que aparte de estos conflictos hubo decenas de otras guerras brutales y sanguinarias en extremo, genocidios silenciados y hasta negados por la historiografía burguesa, así como medidas sociales, políticas, económicas e ideológicas caracterizadas por su autoritarismo reaccionario incluso en las aplicadas por burguesías “democráticas”. La “nueva” crisis lleva al paroxismo las “viejas” reflexiones ultra reaccionarias y pesimistas de la derecha más fanática; los peligrosos enemigos internos y externos que desean destruir la civilización occidental, debilitada por su decadencia moral y costumbrista, por la pérdida de sus valores eternos, de su cristianismo y de su sentido de la propiedad.

 

 

La “nueva” crisis reaviva la doble “vieja” opción capitalista pero adaptada a las necesidades actuales; una, recurrir a regímenes bonapartistas, militaristas, neofascistas y dictatoriales allí en donde su dominación corra el inminente riesgo de ser derrotada por las clases y naciones explotadas; y otra, recurrir a regímenes presidencialistas de “democracia dura”, de Estado fuerte, con capacidad para realizar un control de masas basado en un sistema contrainsurgente omnilateral sustentado a su vez en una capacidad relativa de integración social mediante concesiones secundarias pero manipuladas propagandísticamente, es decir, Estados burgueses que gracias a su alta productividad interna como al masivo saqueo imperialista externo pueden mantener cierto consenso y alienación integradora que capas sociales que sirvan de colchón amortiguador de las tensiones y de las represiones de la disidencia. Naturalmente, existen tantas variantes de cada opción como combinaciones entre ellas. Por último, estas opciones y las alternativas burguesas a la crisis dependerán del desarrollo de la lucha de clases por lo que nos extenderemos sobre ellas en la respuesta a la segunda pregunta.

 

 






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